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¿Se puede romper el ciclo de la violencia machista?

«Ser consciente de que hay salida supone un impulso
para dejar una relación de violencia».
Tania Yugueros, Atención Socioeducativa,
Fundación de Familias Monoparentales Isadora Duncan

¿Se puede romper el ciclo de la violencia machista? Este es el título del nuevo artículo que te ofrecemos fruto de la colaboración con la Fundación de Familias Monoparentales Isadora Duncan, dentro de su iniciativa Prevención y sensibilización en violencia de género.

¿Se puede romper el ciclo de la violencia machista?

Tania Yugueros

La definición de violencia de género engloba todo tipo de acciones que provocan daño físico, social, psicológico, económico, etc., sobre las mujeres, tanto en el ámbito público como en el privado. Esta violencia es progresiva, especialmente en las relaciones de pareja.

Los episodios de violencia desarrollan unos patrones similares que nos permiten identificar diferentes fases y tenerlas en cuenta a la hora de analizar cada casuística concreta y planificar una intervención dirigida a prevenir o atajar este tipo de situaciones.

Un ciclo de violencia que se repite y se agrava

Estas fases son consecutivas y forman un ciclo que se repite y se agrava con cada repetición, lo que explica en muchas ocasiones los casos del maltrato crónico.

Te lo contamos en jupsin.com, el portal profesional exclusivo de IPDGrupo.com que te ofrece información para decidir sobre igualdad y salud.

Lo que conocemos como el ciclo de la violencia, se compone de tres fases principales:

Fase de tensión

Se caracteriza por una escalada gradual de la tensión, donde la hostilidad del agresor va en aumento sin motivo aparente para la víctima. Se intensifica gradualmente la violencia en todas sus formas.

Estos episodios se presentan en un primer momento como fenómenos aislados, en los que la víctima cree tener el control y que acabarán por remitir.

La tensión aumenta y se acumula. La víctima desarrolla estrategias de evitación del conflicto como, por ejemplo: ocultar información sobre su vida social o fingir estar dormida cuando el agresor llega a casa.

Fase de explosión – Agresión

A pesar de los intentos de evitación del conflicto siempre aparece un detonante que descarga la violencia. Comienza con un nivel bajo de intensidad y, conforme el ciclo tiene más repeticiones, más aumenta la dureza de las agresiones.

Los tipos de agresiones que puede sufrir la víctima también cambian en función del número de veces que se repite el ciclo. Pasamos de una violencia verbal a nivel psicológico a violencia física, sexual, económica, etc.

Fase de calma – Luna de miel

En esta fase, el agresor puede mostrar síntomas de arrepentimiento, promete cambiar e, incluso, admite haberse equivocado, aunque no reconoce su culpa.

La víctima puede llegar a creer que lo que ha vivido es algo aislado que cambiará con el tiempo, justifica el comportamiento de su agresor.

Aparecen sentimientos de vergüenza o culpa por la consciencia de ser víctima. Cuanto más aumenta el número de repeticiones, más corta se vuelve esta fase.

Repetición de las fases e intensificación y crudeza de la violencia

Estas etapas comienzan a repetirse de una manera sutil, produciendo una agudización de los episodios de violencia, por lo que se define como un fenómeno en escalada en el que la intensidad y crudeza de los sucesos de violencia aumenta.

Este mecanismo suele pasar totalmente desapercibido tanto para la víctima como para el entorno, mezclado a su vez con pensamientos de que son hechos aislados.

La situación de violencia que sufre la víctima es constante y siempre aumenta su dureza, dejándola en un estado de indefensión. Ataca directamente contra su autoestima e incrementa su vulnerabilidad, atrofiando progresivamente la capacidad de autocuidado y autodefensa.

El comportamiento agresivo va aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que la víctima decide pedir ayuda, suele ser aquí donde se visibiliza el maltrato.

Todo comienza con el exceso de control

Es cierto que, en el comienzo de una relación de violencia, no se detectan signos evidentes de la misma. La relación no comienza con una agresión directa.

En ese inicio, se aprecia un exceso de control por parte del hombre, que se suele confundir con celos. Una preocupación excesiva por su parte, entendida por la víctima como una muestra de su gran amor por ella.

Este control se manifiesta sobre la forma de vestir, trabajo, sus gastos, salidas… Y de las personas de las que se rodea con intentos de separación de su familia.

Aparecen frases en las que se deduce que el amor que siente por la víctima no se puede comparar al que pueda sentir ella.

En la intimidad del hogar

Este tipo de situaciones suelen darse en la intimidad del hogar, aunque no se descarta que se puedan escuchar ciertos comentarios con otras personas.

Es importante señalar que, en la mayoría de las situaciones, la víctima consigue acostumbrarse a los comportamientos violentos de su agresor. Llega pensar que pueden ser ocasionados por su fuerte personalidad, o generados por estrés y problemas externos.

La forma de reaccionar a esos comportamientos, e incluso a las agresiones, también sigue, habitualmente, un mismo patrón. Las víctimas asumen que es un momento que han de sufrir para luego volver a la fase de calma.

Visibilidad del maltrato

El comportamiento agresivo va aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que la víctima decide pedir ayuda. Suele ser aquí donde se visibiliza el maltrato: el círculo social de la pareja se entera de la situación por la que están pasando.

Las víctimas de este tipo de situaciones suelen ocultarlas a su círculo de confianza porque aparece el sentimiento de vergüenza y culpabilidad.

Además, hay ocasiones en las que su relato es puesto en duda. La mayoría de los maltratadores son personas aceptadas y valoradas socialmente, con comportamientos que no evidencian rápidamente una situación de violencia.

El reconocimiento como víctima es una de las dificultades inherentes en el proceso de violencia de género. 

¿Cómo puedo salir de la violencia machista?

En primer lugar, hay que destacar que, si las víctimas llegan a hacerse esta pregunta, ya han dado un paso de gigante.

El reconocimiento como víctima es una de las dificultades inherentes en el proceso de violencia de género. Y dificulta, enormemente, la toma posterior de decisiones que llevan a romper el ciclo y, por tanto, la relación de violencia.

Hay salida

Como hemos visto, el ciclo de la violencia es un proceso que puede durar años. No alberga un fin predeterminado, la violencia crece progresivamente y no se detiene. Ni siquiera cuando el agresor consigue una sumisión absoluta, un pleno dominio de la víctima.

Sin embargo, HAY SALIDA.

Si somos conscientes de que la violencia sufrida tiene patrones determinados que dan lugar a fases con repetición cíclica, podemos identificar en qué punto nos encontramos. De esta forma, podemos prever, casi con seguridad, la siguiente fase.

Por ello, es importante tomar conciencia de en qué punto contaremos con la seguridad suficiente para romper esa espiral. Existen múltiples ocasiones, y todas ellas son válidas para tomar la decisión de romper la situación de violencia.

Un plan con puntos de apoyo

Es importante contar con un plan de acción que nos permita localizar puntos de apoyo. Y dar forma a la situación en la que queremos romper el ciclo y prever los momentos que llegarán.

El plan para salir de una relación de violencia permite tomar conciencia del paso a dar, además de adquirir el compromiso de llevarlo a cabo.

Para materializar el plan, es recomendable contar a alguien del entorno de confianza que queremos salir de la relación. De esta manera, además de tener su apoyo, tomaremos a esa figura como soporte para que nos aporte seguridad en las acciones.

Preparación para la ruptura

Cuando la relación de violencia se rompe en la fase de explosión (agresión), las mujeres víctimas salen de ella abruptamente. En la mayoría de ocasiones, dejan atrás toda su vida de golpe, tanto material, familiar como emocional, rompiendo con todos sus vínculos sociales.

Resulta muy complicado recomponerse de esa situación, aunque con los apoyos necesarios, siempre es posible.

Por este motivo, las recomendaciones giran en torno a prepararse tanto material como psicológicamente durante el episodio de calma o al comienzo de la tensión. Así, la ruptura estará mejor planificada y lo suficientemente firme como para que no varíe por la intensidad emocional.

Hay salida y el ciclo se puede romper. Ser conscientes de esto, supone un impulso para tomar la decisión de dejar una relación de violencia y planear cómo hacerlo.


Tania Yugueros, la autora

Es responsable de la Atención Socioeducativa a familias monoparentales y mujeres víctimas de violencia de género de la Fundación de Familias Monoparentales Isadora Duncan.

Tania es Graduada en Educación Social por la Universidad de León.

Tiene formación específica en igualdad de género y de oportunidades, orientación sociolaboral, atención a la infancia e intervención con mujeres víctimas de violencia de género.


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