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Criar o educar en salud social y relacional

Adquisición temprana de rutinas saludables (3).
Serie de artículos sobre Parentalidad Positiva.
Silvia Chamorro, psicóloga especializada en intervención social

Criar o educar en salud social y relacional. Este es el título del nuevo artículo de la psicóloga Silvia Chamorro sobre la adquisición temprana de rutinas saludables, dentro del concepto de Parentalidad Positiva.

Silvia aborda la parentalidad positiva partiendo de la crianza y educación en salud. De esta forma, dispondremos de todas las claves para una salud plena.

Más adelante, la psicóloga se centrará en las emociones. Y finalizará con una serie de artículos sobre estilos comunicativos y su importancia en la comprensión y asimilación del mensaje por las y los menores.



Te lo contamos en jupsin.com, el portal profesional exclusivo de IPDGrupo.com que te ofrece información para decidir sobre igualdad y salud.

Nadie nos puede decir cómo criar o educar, cada situación es única. Pero en cualquier caso, la información siempre es útil para decidir.

La idea de estos artículos es ofrecer información a madres, padres, abuelas, abuelos y personas responsables de una o un menor. Incluimos propuestas útiles y aplicables que conviertan la crianza en algo constructivo y agradable.

Silvia Chamorro es psicóloga y está especializada en intervención social.

Criar o educar en salud social y relacional

Silvia Chamorro – Psicóloga

Desde el inicio de esta serie de artículos hemos defendido la idea de que la salud está compuesta por  áreas diferenciadas e  interconectadas para el funcionamiento normal de la persona.

Anteriormente aportamos claves para la crianza y la educación en salud física y mental. En el presente texto complementamos esta información con aspectos importantes a la hora de criar y educar en salud social y relacional.

Dar soluciones al problema, no a los síntomas

Russell (1973) define la salud social como una dimensión del bienestar de un individuo que se refiere a cómo se lleva con las demás personas, cómo interactúa con ellas, con las instituciones y con la cultura.

Apliquemos esta definición a ejemplos cotidianos. Encontramos un menor cuyas relaciones familiares son conflictivas y violentas. Su estado de salud física es estupendo, pero su desempeño escolar y las relaciones con compañeras y compañeros se ven afectadas por el malestar que su familia le genera.

Lo mismo ocurre en el caso de una madre migrante sin síntomas de enfermedad que está a la espera de conseguir la nacionalidad y no puede acceder a un empleo legal. La desprotección social y la precariedad económica en la que se encuentra es la causante del aumento del estrés y la ansiedad.

Criar o educar en salud social y relacional. Este es el título del tercer artículo de la psicóloga Silvia Chamorro sobre la adquisición temprana de rutinas saludables, dentro del concepto de Parentalidad Positiva.

Factores sociales y relacionales

En ambos casos la causa del malestar, o lo que es lo mismo, el deterioro de la salud, se debe a factores sociales y relacionales, y es en ellos donde reside la solución.

Si al menor se le envía a refuerzo educativo pueden mejorar sus notas, pero el problema permanece. Si a la madre migrante se le ofrece asistencia psicológica reducirá el malestar, pero su preocupación continuará hasta que consiga un empleo digno.

Pretendemos, con estos ejemplos, enfatizar lo que ya remarcábamos en el artículo anterior: las diferencias a la hora de reconocer y definir un problema de salud física, mental o en este caso social influirá en nuestras expectativas y conductas frente a la promoción y cuidado de la salud.

Prevención y mejora de la salud social

Las bases de una buena salud social se encuentran en nuestra conducta, en nuestra forma de actuar. A continuación, proponemos algunas pautas para la prevención y mejora de nuestras relaciones sociales:

Trabajar primero nuestro autoconcepto

Es decir, saber que pienso yo sobre cómo soy, que concepto tengo de mi misma/o. Conocerse  es imprescindible a la hora de relacionarse en equidad, saber cuáles son mis fortalezas y debilidades, mis miedos, mis necesidades, mis límites, etc. Solo desde esa conciencia se puede ser responsable con uno mismo.

Buscar una red de apoyo mutuo

Establecer relaciones sanas donde compartir pensamientos, emociones y preocupaciones, donde  escuchar y aprender de los demás, donde explorar gustos y aficiones, nos aporta sensación de pertenencia, nos da seguridad a la hora de enfrentar situaciones difíciles y aumenta nuestra sensación de bienestar general.

La tecnología y las redes sociales facilitan el ‘estar presente’, comentando una foto, enviando un mensaje, etc. pero esto debería ser un complemento a nuestras relaciones, no la base principal.

Practicar la escucha activa y la empatía

Las relaciones sanas son aquellas en las que hay reciprocidad. Es importante que, además de compartir, también aprendamos a escuchar, a prestar atención a lo que la otra persona comparte, a preguntar por los sentimientos y necesidades de las y los demás, a ponernos en su lugar y sobre todo, a no juzgar ni dar cosas por sentado.

Cultivar nuestras relaciones

Las personas, al igual que las plantas, necesitamos cuidados y atención para florecer. Pasar tiempo de calidad juntas, las muestras de cariño o las sorpresas y detalles nos aportan reconocimiento y cuidado.

Actualmente, la tecnología y las redes sociales facilitan el ‘estar presente’, comentando una foto, enviando un mensaje, etc. pero esto debería ser un complemento a nuestras relaciones, no la base principal.

Interactuar con el entorno y adaptarse a los cambios

Durante la niñez y la juventud se producen un gran número de cambios, como el paso del colegio al instituto, una nueva actividad extraescolar o nuevas personas en el entorno familiar (hermanas/os, una nueva pareja de nuestra madre o padre, etc.)

Es importante entender que cada persona reaccionará de manera única a los cambios y que para favorecer la adaptación debemos ser flexibles, comprender, acompañar y apoyar al otro en sus tiempos y necesidades.

Además de aplicar estas pautas, recomiendo para quien quiera profundizar en el tema realizar la lista de control del bienestar social propuesta por el National Institutes of Health (NIH).

Las personas necesitamos relacionarnos, vivimos en comunidad, pero por desgracia no todas las relaciones sociales cumplen con los requisitos para ser saludables.

¿Qué es la salud?

El concepto de salud puede parecer sencillo. Cualquier persona reconoce y da sentido a este término independientemente de su edad, cultura o nivel de estudios. Pero la realidad es que la concepción actual que tenemos de la salud se debe a innumerables estudios y ha ido cambiando con el paso del tiempo.

De forma muy resumida podemos destacar en esta trayectoria las siguientes corrientes:

  • Reduccionismo biológico – La salud se relacionaba únicamente con el bienestar o malestar físico.
  • Dualismo mente-cuerpo – Toma importancia la interrelación de ambas en la condición de salud y destaca el papel de la mente en la manifestación y la respuesta a la enfermedad. Una de las evidencias más representativas de esta corriente surgió con las investigaciones sobre el miembro fantasma, si mente y cuerpo no estuvieran conectadas, ¿cómo se explica que se pueda sentir dolor en una parte del cuerpo que se ha perdido?
  • Modelo biopsicosocial – Se ajusta a la actual definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) según la cual «la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social y no meramente la ausencia de enfermedad o minusvalía».

Relaciones sociales sanas y de calidad para vivir más y mejor

Con este recorrido histórico no se pretende otra cosa que enfatizar el hecho de que el entorno y las relaciones sociales no siempre han sido contemplados como factores de interés para la salud.

Sin embargo, hoy en día tenemos amplias evidencias científicas de lo contrario, tener relaciones sociales sanas y de calidad nos ayuda a vivir más y mejor:

  • Relacionarse con otras/os (compañía, caricias, risa, etc.) proporciona sensación de bienestar y felicidad, lo que mejora nuestro estado de ánimo general. Por el contrario, la ausencia de relaciones sociales y el aislamiento, especialmente el no deseado,  se considera un factor de riesgo en enfermedades como la depresión.
  • Sentirse parte de un grupo donde cuidar y ser cuidada/o nos relaja. Esto se debe a que nuestro cuerpo libera hormonas como la oxitocina, que reducen los niveles de estrés.
  • Contar con personas con quienes relacionarse sanamente disminuye el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y previene de la obesidad y el sobrepeso. Esto es porque se realiza un mayor número de actividades que implican movimiento, lo que aumenta la motivación personal y reduce la ansiedad y, a su vez, evita el fenómeno de comer por ansiedad o aburrimiento.
  • Las relaciones sociales exigen mantener activas las funciones ejecutivas y cognitivas del cerebro (memoria, atención, percepción, organización, velocidad de respuesta, etc.). Esto retrasa el envejecimiento cerebral y según algunos estudios puede suponer un factor protector frente a enfermedades neurodegenerativas como la demencia o el Alzheimer.
  • Además, tener personas de confianza con quienes hablar beneficia enormemente la gestión emocional y la resolución de conflictos.


No todas las relaciones son saludables

Es necesario enfatizar que todos estos beneficios los aportan exclusivamente las relaciones sociales sanas y de calidad, es decir, aquellas relaciones equitativas, en las que existe sinceridad, confianza, empatía, gratitud y respeto mutuo, que nos hacen sentir valoradas/os tal y como somos.

Las personas necesitamos relacionarnos, vivimos en comunidad, pero por desgracia no todas las relaciones sociales cumplen con los requisitos para ser saludables. En las familias, parejas y amistades podemos encontrar personas tóxicas que perjudiquen nuestra salud y nos generen malestar.

Para criar y educar en salud social es imprescindible, como ya hemos comentado en los anteriores artículos, ser un ejemplo de las conductas que queremos que adquieran las y los menores.

Y enfocar nuestra atención en qué tipo de relación establece nuestra hija o hijo con sus amistades o parejas, no en el número de amistades que tiene.

Criar o educar en salud física

Criar o educar en salud mental

Silvia es graduada en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca y cuenta con un Máster en psicología de la intervención social por la Universidad de Murcia.

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