¿Por qué los niños tienen miedo y qué debemos hacer?

El miedo en los niñós entre 2 y 16 años – Por el Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas – Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo QuirónSalud – Con la colaborción de la Dra. Charo Campos, especialista en Neuropsicología Infanto Juvenil.

  • En este nuevo artículo para jupsin.com, tratamos el tema del miedo en niños y adolescentes y su causas. Además, incluimos una serie de consejos útiles para las familias.

  • Tener miedo no significa ser miedoso, va ligado a una determinada circunstancia o a un determinado factor desencadenante. El niño tiene que tomarse el tiempo necesario para encontrar su propia manera de encararlo.


“El miedo otorga a los niños cierto poder sobre los adultos”

El miedo forma parte de las emociones básicas orientadas a promover la supervivencia, puesto que alerta sobre los posibles peligros.

En el caso de los niños, además, el miedo les otorga cierto poder sobre los adultos, al ser utilizado para verificar hasta qué punto están disponibles, a veces de forma inconsciente y, otras, conscientemente.

El miedo y la autoestima

Otra función esencial del miedo es la de potenciar nuestra autonomía, la de permitirnos la adaptación a distintos contextos y, por consiguiente, la de reforzar nuestra autoestima.

Función esencial del miedo es potenciar nuestra autonomía, permitirnos la adaptación a distintos contextos y reforzar nuestra autoestima

Por supuesto, consigue aumentar nuestra prudencia y nos hace desarrollar estrategias de solución de problemas y, con ello, impulsa nuestro pensamiento abstracto.

Por consiguiente, el miedo es una emoción “normal”. De hecho, en los primeros años de vida, los niños viven muchos miedos, racionales e irracionales, que forman parte de su evolución.

En esos momentos, es necesario hacerles ver que se trata de algo natural que también sentimos nosotros, los adultos. De esta forma, les enseñamos a afrontar sus temores y les mostramos nuestra comprensión, haciéndoles sentir más seguros y fuertes.

El miedo forma parte de las emociones básicas orientadas a promover la supervivencia, puesto que alerta sobre los posibles peligros.

Las causas del miedo

Siempre en relación con la familia, conviene entender los mecanismos que propician la aparición de la emoción que nos ocupa, siempre con la finalidad de conseguir superarla: ¿Se “contagia” el miedo de padres a hijos? ¿Se aprende? ¿Es hereditario? 

El miedo puede ser también una respuesta a una experiencia traumática propia o ajena

La respuesta a todas estas preguntas es afirmativa.

Existen miedos con bases muy genéticas, como la hematofobia (fobia a la sangre); también hay niños que imitan la inseguridad de sus padres…

Por supuesto, el miedo puede ser también una respuesta a una experiencia traumática propia o ajena. Así, podemos sentir temor tras una situación traumática vivida por otra persona, por observación (aprendizaje vicario).

Tener miedo no significa ser miedoso

Los niños no aprenden muy a menudo de lo que se les dice, sino a partir de lo que se hace en su entorno, en función de su temperamento e intereses personales.

Los miedos van cambiando a la vez que las circunstancias sociales también cambian

De todas formas, los miedos van cambiando a la vez que las circunstancias sociales también cambian.

Tener miedo no significa ser miedoso, va ligado a una determinada circunstancia o a un determinado factor desencadenante. El niño tiene que tomarse el tiempo necesario para encontrar su propia manera de encararlo.

Es un buen momento para recordar que “no es más valiente el que no tiene miedo, sino el que, teniéndolo, se enfrenta a él”.



Miedos normativos infantiles en función de la edad

EDAD SITUACIONES ATEMORIZANTES
0 – 6 meses Pérdida física de soporte (base de sustentación), ruidos fuertes.
7 – 12 meses Miedo a personas extrañas, miedo a los objetos que surgen de súbito e inesperadamente.
1 año Separación de los padres, retrete, heridas, personas extrañas.
2 años Multitud de situaciones que incluyen  ruidos fuertes (aspiradoras, sirenas, alarmas, camiones, tormentas, etc.), animales (Ej. Perros grandes), una habitación oscura, separación de los padres, objetos o máquinas grandes y cambios en el entorno personal.
3 años Máscaras, oscuridad, animales, separación de los padres.
4 años Separación de los padres, animales, oscuridad, ruidos (incluyendo los nocturnos).
5 años Animales, separación de los padres, oscuridad, gente “mala”, lesiones corporales.
6 años Seres sobrenaturales (fantasmas, brujas, etc.), lesiones corporales, truenos y relámpagos, oscuridad, dormir o estar solos, que entre alguien en casa, separación de los padres.
7 – 8 años Seres sobrenaturales, oscuridad, miedos basados en sucesos aparecidos en los medios de comunicación, estar solos, lesiones corporales.
9 – 12 años Exámenes escolares, rendimiento académico, lesiones corporales, aspecto físico, miedos sociales, truenos y relámpagos, muerte, oscuridad (en porcentaje pequeño).

Como vemos en la tabla anterior, los miedos a la separación de los padres son los más habituales, más típicos de niños con temperamento algo ansioso, sobre todo entre los tres, los cuatros y los cinco años. A veces, bastante más tiempo.

Sobre los seis o siete años, evolucionan al temor a la oscuridad (que puede estar presente desde los cuatro-cinco años), a dormir solos, a monstruos y vampiros, a ladrones, etc.

Lo mejor es pedir ayuda de un profesional, el psicólogo, para evitar que el problema de los miedos se cronifique

Sin embargo, en ocasiones, el miedo es excesivo, bien por su intensidad, bien por su frecuencia o por su duración. Deja de ser una ventaja evolutiva para convertirse en una traba a la hora de adaptarnos a las distintas situaciones.

Suele acompañarse, entonces, de sintomatología fisiológica intensa (sudoración, taquicardia, temblores, sensación de ahogo…), de pensamientos negativos referentes a nuestra incapacidad para hacerle frente, de evitación y escape de aquellas circunstancias que tememos.

En estas circunstancias, lo mejor es pedir ayuda de un profesional, el psicólogo, para evitar que el problema se cronifique. Para el resto de los miedos, presentaremos algunos consejos a continuación. 

Sobre los seis o siete años, evolucionan al temor a la oscuridad (que puede estar presente desde los cuatro-cinco años), a dormir solos, a monstruos y vampiros, a ladrones, etc.

¿Qué debemos hacer frente al miedo en los niños?

La familia es un entorno protector, que ayuda a resolver las situaciones angustiosas. Con su apoyo, los menores aprenden a encarar el miedo, experimentar lo que es y persuadirse de que nunca deja de ser pasajero.

Es muy positivo que los niños sientan que les tomamos en serio, que captamos sus problemas como algo real, que no los consideramos tonterías

Si un niño nos confiesa que tiene miedo, no lo trivialicemos. Averigüemos qué es lo que le da miedo, cómo se siente exactamente y animémosle diciendo que juntos pensaremos en cómo enfrentarlo.

Es muy positivo que los niños sientan que les tomamos en serio, que captamos sus problemas como algo real, que no los consideramos tonterías. No olvidemos la importancia de validar los sentimientos infantiles y de demostrarles nuestro cariño y aceptación cualesquiera que sean estos sentimientos.

Aunque, a veces, los menores no son capaces de explicarse, de explicar cómo se sienten y menos aún el porqué, demostremos que estamos dispuestos a escucharles y asegurémosles que les vamos a ayudar.

Los niños pequeños  necesitan la presencia de un adulto para restablecer las sensaciones de protección y seguridad. Es importante, para ello,  que esté localizable y que responda con una caricia o una palabra, haciéndole saber que está presente.



Teniendo en cuenta los distintos tipos de miedos evolutivos, antes mencionados, algunas recomendaciones serían:

  • Respecto al miedo a la oscuridad puede usarse una lucecita en la habitación del pequeño, que proyecte una luz indirecta. Lo que no debemos  hacer es reforzar ese miedo. Conviene tranquilizarle y ponerle la luz, pero sin dejarle venir a nuestra cama, porque lo que ocurriría es que la ganancia secundaria de ese miedo se haría tan  fuerte que conseguiríamos que se prorrogase durante el tiempo y aumentase incluso su intensidad. El niño necesita esa seguridad para seguir independizándose.

  • En torno a los seis años, aparecen ciertos temores o inseguridades a que pueda entrar alguien en casa. En estos casos, de nuevo, es necesario tranquilizar a nuestro hijo y convencerle de que no hay peligro. Así, si conseguimos que se ría, utilizando el sentido del humor, conseguiríamos tener un arma buenísima para desmontar las creencias que les llevan a temer por lo que pueda ocurrir.

Más que tener miedo, el niño no ha aprendido a estar solo y la sensación de soledad en la noche le produce inseguridad, y llaman a papá o a mamá


  • Con los miedos a los sueños, puede ayudar darles un poquito de agua, besitos, decirles que no van a volver a tener miedo, que no se preocupen, y dejarlos durmiendo en su cama. Recordemos que, si les pasamos a la nuestra, se puede generar un  problema mayor. La mayoría de las ocasiones, más que tener miedo, el niño no ha aprendido a estar solo y la sensación de soledad en medio de la noche le produce inseguridad, así que llaman a papá o a mamá.

  • Miedo a los animales. Los más mayores suelen tener miedo a los perros y otros animales, aunque a veces es sólo prudencia. Sería diferente que el niño quedase tan bloqueado por ver a un perro, que la respuesta de ansiedad y angustia fuese completamente desproporcionada; entonces, hablaríamos de un problema. Para el resto de casos, conviene que los niños se expongan a la situación temida, conociendo al animal de forma progresiva y pasando el suficiente tiempo a su lado como para acostumbrarse a su compañía.

  • Ante el miedo a los monstruos, propio del momento evolutivo en que la imaginación del niño se dispara, es preciso buscar a estos seres sobrenaturales junto a él, para que compruebe que no están. Podemos también ofrecerle un muñeco protector y contarle cuentos sobre esta temática.

  • Los miedos sociales, a la muerte, las heridas, enfermedades… merecen un capítulo aparte que abordaremos en otro momento.
Enseñarle a acercarse a lo temido y hablar directamente de ello; animarle a que dibuje “esos monstruos”.

Algunos consejos que debemos seguir

  • Si nuestro hijo pide la luz encendida o la puerta abierta es mejor atender a su demanda, ya que lo pide porque se siente amenazado. Mejor no hacer de esta petición un asunto de madurez porque le asustaría aún más. Y cuando consigan superarlo le diremos que ha conseguido un logro muy importante.

  • El niño debe tener la seguridad de que el miedo pasará cuando se haya superado la situación.

Cuando notemos que pierde el miedo, hemos de reforzarle por su valentía y hacerle sentir un niño grande


  • Aunque retroceda un poco y se muestre dependiente, no debemos temer porque no se volverá dependiente permanentemente.

  • En los momentos que notemos que pierde el miedo, hemos de reforzarle por su valentía y hacerle sentir un niño grande.


¿Qué hacer cuándo aparece el miedo?


  • Como hemos dicho, escuchar al pequeño cuando explica su miedo y asegurarle que le vamos a ayudar.

  • Mostrarse tranquilo y darle confianza, no trasmitir inseguridad. Al mismo tiempo, aceptar que nosotros también tenemos miedo y servirle de ejemplo de autosuperación, verbalizando lo que nos asusta y afrontándolo.

Aceptar que nosotros también tenemos miedo y servirle de ejemplo de autosuperación, verbalizar lo que nos asusta y afrontárlo


  • Enseñarle a acercarse a lo temido y hablar directamente de ello; animarle a que dibuje “esos monstruos”.

  • Ayudarle, por tanto, a prepararse poco a poco y dotarle de estrategias.

  • Evitar el visionado de películas, o la realización de juegos o actividades que comporten violencia o terror.

  • Es importante afrontar los miedos de forma lúdica, escenificándolos, ya que de esta manera, proporcionamos una válvula de seguridad que permite confesarlos sin necesidad de pasar vergüenza.
Ser valiente está bien, pero es necesario, además, aprender a distinguir entre valentía y temeridad.

¿Qué NO debemos hacer?

  • Mostrarse excesivamente preocupado o sin respuesta.

  • Reírse de los miedos del niño; decirle que son tonterías y relativizar el tema, sin darle importancia.

No debemos reírnos de los miedos del niño, decirle que son tonterías y relativizar el tema


  • Amenazarle con castigos o forzarle a afrontar directamente la situación temida sin tener recursos para ello.

  • Lanzarle (nosotros o nuestro entorno) mensajes amenazadores, del tipo: “si no comes, llamaré al coco”.

  • No hacer caso a nuestro hijo, esperando que se le pase o que deje de prestarle atención, pensando que el tiempo lo soluciona todo y que los miedos remitirán. Podrían convertirse en fobias.
Otras  veces, a los niños les cuesta entender que una determinada situación sea demasiado peligrosa.

Paciencia y tranquilidad

Es cierto que, muchas veces, los temores desaparecen, aunque cueste creerlo cuando uno los está padeciendo. Es conveniente no obsesionarnos con ellos y afrontarlos con paciencia y tranquilidad.

Ser valiente está bien, pero es necesario, además, aprender a distinguir entre valentía y temeridad

Otras  veces, a los niños les cuesta entender que una determinada situación sea demasiado peligrosa. En estos casos, en vez de resolver con una prohibición, es mejor comentar con ellos qué destrezas o facultades creen tener para superar el trance.

Ser valiente está bien, pero es necesario, además, aprender a distinguir entre valentía y temeridad.


PERFIL DEL AUTOR

Daniel Martín

Neuropediatra. Ha trabajado en el Hospital Clínico San Carlos y en el Hospital de la Zarzuela. Desde inicios de 2009 trabaja exclusivamente para Hospital Universitario Quirónsalud Madrid en la Unidad de Neurología del Niño y del Adolescente y en el Complejo Hospitalario Juan Bravo Quirónsalud.


Un comentario en “¿Por qué los niños tienen miedo y qué debemos hacer?”

  • Excelente, mi hijo está presentando miedo al combate práctica Karate – do cando siente que no salen las cosas como quiere, (Cuando pierde) en pleno entrenamiento se pone pálido y casi se pone como si se fuera a desmayar para mí es algo traumático, (Soy una mamá loca)

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