M: “Yo también quise ser normal”

Testimonio – M: “Yo también quise ser normal”  – Por Mercè Roura

  • Había días que le resultaban terribles, una especie de maratón de dolor y sufrimiento hasta llegar a las cinco de la tarde y poder volver a casa para al día siguiente regresar a ese lugar donde no esperaba nada bueno…
  • Sólo con recordarlo, se le erizaba la piel y notaba como el vómito le subía por la garganta.


Tenía diez años cuando esa chica que siempre se metía con todo el mundo en clase empezó a fijarse en ella…

Se veía venir. M siempre había intentado pasar desapercibida para no molestar, para no destacar en nada que pudiera desatar la ira de aquella niña que era un año mayor porque había repetido curso, pero que le pasaba más de un palmo y era muy fuerte.

Ya le dedicaba desde hace tiempo algunos insultos y la imitaba cuando llegaba a clase… M incluso se reía de ello, no porque le hiciera gracia sino porque pensaba que así demostraba que no le molestaba y tal vez la dejaría en paz. Su madre siempre se lo decía, si no haces caso, se callan…

Lo que no le dijo es que las personas muestran sus emociones también con sus gestos, con sus muecas, con su mirada de horror cuando cinco personas te esperan al llegar a clase y se ríen de ti y te dan una patada en el trasero…

En tus ojos se dibuja una mirada de asco, de pena, de tristeza al saberte vulnerable, maltratable, insignificante

Por más que sonrías para fingir que no te importa, en tus ojos se dibuja una mirada de asco, de pena, de tristeza al saberte vulnerable, maltratable, insignificante…

M era niña menuda que hacía siempre todo lo mejor que podía para que nadie se enfadara. Tenía las mejores notas y siempre se esforzaba más y más… Era amable e intentaba hacer amigos en clase, pero nunca era posible… Tal vez tanto estudiar la hacía parecer aburrida y en clase de gimnasia era muy torpe… Y puesto que cada cosa que hacía era ridiculizada, cada día le costaba más mostrarse porque tenía más miedo a hacer el ridículo y eso la hacía más torpe todavía…

Maratón de dolor y sufrimiento

Había días que le resultaban terribles, una especie de maratón de dolor y sufrimiento hasta llegar a las cinco de la tarde y poder volver a casa para al día siguiente regresar a ese lugar donde no esperaba nada bueno…

Siempre fue así, incluso siendo muy pequeña se había sentido rara, distinta a los demás… El recreo era un tormento… Y había llegado a los diez suplicando ser normal para que la dejaran en paz, para no ser la rara, la que se queda sin pareja cuando el ejercicio se hace por parejas… La que no tiene amigos que la defiendan y lo daría todo por formar parte de una pandilla.

Se sentía presa cazada, como un ratón en manos del gato, como un bicho raro que sueña con poder pasar desapercibido pero lleva colgada una etiqueta que dice «mírame»

Esa niña tan fuerte y tan alta la miró al salir de clase y M supo que lo que pasaba hasta ahora iba a ser una anécdota y todo iba a subir de nivel… Llegó a casa y suplicó enfermar y no tener que ir al colegio al día siguiente.

Se sentía presa cazada, como un ratón en manos del gato, como un bicho raro que sueña con poder pasar desapercibido pero lleva colgada una etiqueta que dice «mírame». Y como una profecía cumplida, al día siguiente empezó todo.

El dolor se llama silencio, a veces, y soledad…

Aquella niña consiguió en pocos días que nadie hablara con M, que nadie la mirara ni le hiciera un gesto amable… Incluso aquellas personas cercanas a M con las que hablaba y había compartido juegos, de puro pánico, dejaron de dirigirle la palabra y le hicieron el vacío. Alguna de ellas en un momento de distracción le dijo que lo sentía, que no podía evitarlo…

Y M se quedó sola, tan sola como siempre pero ahora acompañada de un enorme vacío… Y cada día espectáculo. Mofas, zarandeos, golpes… El ridículo más espantoso, el miedo más atroz…

Y M se quedó sola, tan sola como siempre pero ahora acompañada de un enorme vacío…

Uno de los mayores temores de M era que le levantaran la falda del uniforme que llevaba o que, como le había pasado una vez hace tiempo, la hubieran desnudado en el recreo…

Notaba como el vómito le subía por la garganta

Sólo con recordarlo, se le erizaba la piel y notaba como el vómito le subía por la garganta.

Aquello duró un año… Unos cuantos arañazos, unas patadas, dos puñetazos, una cartera tirada desde un tercer piso a la calle (la suya, claro) y nadie hizo nada.

M soportó aquello callando porque tenía claro que todo lo que hiciera no serviría de nada. Contó en su casa lo que sucedía pero cuando sus padres hablaban con dirección y profesores aquello sólo daba más carnaza a la niña fuerte y mayor y a sus secuaces dispuestos a todo para no tener que ser sus víctimas.

Pueden evitar que te peguen pero no evitar que ya nadie te mire a la cara ni te dirija la palabra… No que no existas para nadie y quieras que la tierra te trague y se te lleve lejos.



M quedó inmunizada

Pasaron los meses uno sobre otro y hasta que un día aquello se fue calmando y la niña terrible y fuerte encontró otra víctima que se inmutara más, puesto que M quedó tan inmunizada que ya de poco le servía.

Supongo que esto debería tener una moraleja o una conclusión… Durante años, M se sintió floja, vulnerable, insignificante, digna de escarnio y ridículo, triste, desesperanzada, rara, torpe…  Encontraba normal que nadie la viera normal… Encontraba lógico que nadie quisiera estar con ella.

A veces pensaba que todo aquello la había convertido en una estatua, en un ser inerte capaz de soportar que nadie le dijera una palabra, inmersa en un mundo interior en el que por suerte todo era posible menos salir de él. Ni ganas, el mundo real era un lugar sin alma, sin risa, sin corazón ni esperanza.

Durante años, M pasó las tardes estudiando y escondiéndose del mundo porque no se sentía suficiente, porque se sentía defectuosa y equivocada… Se encerró en una mazmorra de angustia y se convirtió en su propia carcelera…

Cada día, se miraba en el espejo y suplicaba ser normal y no despertar la ira de nadie

Cada día, se miraba en el espejo y suplicaba ser normal y no despertar la ira de nadie.

Miraba a otras niñas y se imaginaba viviendo sus vidas y soltando todo ese lastre acumulado y ese fardo tan pesado que arrastraba.

Quería hacer las cosas que hacen las niñas de sus edad y tener amigas de su edad, pero se sentía incapaz de intentarlo para no molestar, para no ser rechazada ni ridiculizada.

M sobrevivió a todo, incluso a sí misma

M sobrevivió a todo, incluso a sí misma. Y un día, 25 años más tarde, entró en un super y mientras ponía lo que había comprado en la cinta de la caja se fijó en la persona que estaba justo delante.

Era ella, la niña cruel, la niña fuerte, la niña alta. Sólo que no era tan alta ni daba tanto miedo y estaba sola, sin secuaces

Era ella, la niña cruel, la niña fuerte, la niña alta. Sólo que no era tan alta ni daba tanto miedo y estaba sola, sin secuaces.

Se cruzaron sus miradas y aquella mujer que había sido la niña fuerte y despiadada, se la quedó mirando y le dijo «llevo un rato preguntándome si eres tú, M»

M dijo que sí y empezaron a charlar. Como si no hubiera pasado nada, como si aquel año que hubieran compartido en sus vidas no hubiera sido para M uno de los más amargos de su vida…

La niña fuerte y mala le dijo a M que sabía que escribía, que había publicado algunos libros y que estaba maravillada de lo guapa que estaba… Le dijo que ella siempre había sabido que M llegaría lejos porque se notaba mucho que tenía talento y era una persona especial. Que siempre trabajaba mucho y era muy inteligente. En sus palabras había una mezcla de admiración y dolor, un llanto contenido que se palpaba en la mirada y en el temblor de los labios.

La niña fuerte y sin alma le dijo a M que ella siempre la había envidiado por esa fuerza interior que había demostrado desde que eran niñas y que admiraba la entereza con la que había defendido sus diferencias…

«Yo siempre quise ser como tú, le dijo, pero mi vida era entonces muy dura en casa y nunca supe cómo hacerlo, me sentía fuera de lugar»

«Yo siempre quise ser como tú, le dijo, pero mi vida era entonces muy dura en casa y nunca supe cómo hacerlo, me sentía fuera de lugar»

M tuvo ganas de preguntarle por qué si la admiraba tanto, había dedicado más de un año de su vida a hacer que la suya fuera un suplicio, por qué la había hecho desear no despertar algunas mañanas y sentirse incómoda en su cuerpo, en su vida, en su alma…

Le hubiera pedido explicaciones de por qué la había roto en mil pedazos y había machacado sus sueños, sus posibilidades de comunicarse y tener un hermoso recuerdo de parte de su infancia…. Le habría reprochado haber convertido su vida en un infierno y haberla zarandeado tanto por dentro que se avergonzaba de ella misma y de todo lo que era…

Y justo en ese momento, miró a la niña mala y vio una mujer triste y se dio cuenta de que habían compartido el mismo infierno y de que aquella niña odiosa era tan odiosa porque llegaba a casa y se sentía tan horrible y diferente como ella y al no poder soportarlo había decidido descargar su ira en alguien y le tocó a ella…



Y a pesar de ser responsable de ello, de cada burla, de cada golpe, de cada palabra terrible, de todo el vacío y el dolor posibles, M se dio cuenta de que aquello ya no tenía sentido decir nada… De que la niña mala había sido una niña triste siempre que también como ella suplicaba ser normal y no encajaba en un mundo donde nadie es normal pero todos fingen por si llega una niña más fuerte, más alta, más cruel que les ridiculiza por ello y les señala con el dedo…

M le sonrió y le dijo que era cierto, que ella tuvo suerte y siempre supo que en el fondo, eso de ser especial era bueno…

La niña fuerte era M porque a pesar de todo supo descubrir que ser ella misma valía la pena y que de sus diferencias nacía todo su valor y talento

Yo también quise ser normal durante años para evitar que me señalaran con el dedo y no lo conseguí. Lo único que hice fue perder brillo y sentirme insignificante e imperfecta… Al mirar atrás recuerdo aquel dolor y aquel miedo de cada día de acoso vivido y no entiendo de dónde saqué mi fuerza pero lo hice…

Durante todo el tiempo que fui M y me sumergí en mi papel de niña asustada siempre seguí soñando con poder ser yo… Al final, la niña fuerte era M porque a pesar de todo supo descubrir que ser ella misma valía la pena y que de sus diferencias nacía todo su valor y talento…

Ahora esta M escribe para que otras M como ella no se sientan solas y sepan que ya son perfectas tal y como son…


PERFIL DEL AUTOR

Mercè Roura

Periodista y formadora en comunicación, marca personal e inteligencia emocional. Más de 17 años de experiencia en radio y televisión. Ahora ayudo a las personas a conseguir que potencien su talento y lideren sus vidas. Me apasionan las palabras y su poder para cambiar nuestra forma de pensar y de vivir. Su primer libro ‘Amo la Imprudencia de mis Palabras'. El momento de cambiar y ser grandes es éste. Su último libro ya está disponible: 'Cosas que debí decirte hace cien años'


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